Los temas relacionados con la sexualidad humana fueron experimentando un progresivo aumento de su accesibilidad y permisividad en los últimos 40 años, a partir del advenimiento de los anticonceptivos orales. Esto hizo posible que la mujer fuera adquiriendo un mayor grado de autonomía y capacidad de decisión con relación a su cuerpo, procreación y conductas sexuales. Sin embargo, no es posible decir que la calidad y precisión del conocimiento sobre el funcionamiento sexual hayan estado a la altura de la abrumadora cantidad de información disponible. Podemos observar la lamentable paradoja en el hecho de que nuestros hijos, habiendo presenciado todo tipo de imágenes explícitas del acto sexual, sin restricción ni reserva desde muy temprana edad, por obra de la televisión y el cine, en demasiadas ocasiones no saben a ciencia cierta como colocar(se) un preservativo correctamente. Si nos remontamos a más atrás, los problemas eran distintos. A partir de la “revolución sexual”, cuando la mujer ya disponía de la píldora anticonceptiva, las relaciones sexuales se hicieron más viables y seguras para las mujeres, liberándolas del temor a las consecuencias. Sin embargo, esas mismas mujeres, que eran dueñas de su cuerpo, tuvieron que informarse ellas por su cuenta y riesgo de los pormenores de la sexualidad, sin demasiada ayuda de sus madres, porque el tema sexo no era especialmente discutido en las casas. Por esa razón, tampoco la información fue clara y suficiente para aquella generación.