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  • hace 18 años
La militarización casi total del estado; el control absoluto de los medios de comunicación; el desplazamiento de millones de personas, indígenas y campesinos pobres; persecución de periodistas, disidentes y todo lo que huela a "comunista"; la alianza del gobierno con grupos de exterminio y narcotraficantes; la subordinación al estado más violador de soberanías y Derechos Humanos como EE.UU., la "comunión" con movimientos racistas, conservadores y corporativos que obvian los derechos de los campesinos, indígenas, obreros y en general las soberanías nacionales; pero, sobre todo, la doctrina de aplastar físicamente, desaparecer al "enemigo", aplastarlo militarmente, como el fascismo alemán o español en su momento; hacen ver de manera inequívoca que lo que se pudiera llamar un "neofascismo corporativo" ha anidado en Colombia, y eso sólo indica que la espiral de violencia va a seguir ascendiendo, ya que no se puede llamar paz al sometimiento por las armas, al extermino del adversario, que resultan los campesinos, los indígenas, los que deben abandonar sus tierras para dejárselas a los narcos y paramilitares cómplices de Uribe. Eso no es un país: es un campo de concentración en desarrollo.

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